Hay mucho odio entre quienes nos oponemos al aborto y los que lo defienden. Y el odio es el sentimiento más destructivo que existe, porque una vez que ha echado sus profundas raíces nos envenena poco a poco el alma y el corazón. Me parece que fue la Madre Teresa de Calcuta quien dijo que prefería equivocarse con gentileza y compasión antes que obrar milagros con descortesía y dureza. Este sería el mejor resumen de la idea que quiero transmitir.
Creo que es necesario un cambio de actitud por parte de todos nosotros, un cambio que debe nacer de dentro de cada uno. No se trata de fingir amor y comprensión, sino de amar y comprender de verdad, con el corazón. No estoy diciendo que sea fácil. De hecho, creo que es mucho más difícil de lo que puede parecer a simple vista. Ser humilde, amable y paciente en todo momento puede llegar a parecer una tarea imposible. Muchas veces nos enfadamos, nos dejamos llevar por la rabia y la frustración, y decimos o hacemos cosas sin pensar en cómo estas palabras o acciones pueden afectar a los demás. Para cuando llega el arrepentimiento, el daño ya está hecho. Errar es humano, y ninguno de nosotros puede pretender ser el poseedor de la verdad absoluta. Quizá nunca lleguemos a ser perfectos, pero debemos aspirar siempre a ello, porque, ¿qué esperanza puede tener el que se da por vencido antes de empezar?
Cuando debatimos con alguien acerca de un tema polémico como puede ser el aborto o cualquier otro, hay algo que debemos tener siempre presente: nuestro interlocutor, independientemente de lo que diga, piense o haga, es una persona, un ser humano como nosotros, con sentimientos como los nuestros y con su propia historia a cuestas. Tiene un motivo para pensar, hablar y actuar como lo hace. Y todo cuanto podamos decirle o hacerle le afectará, de un modo u otro, para bien o para mal. Esto implica que tenemos una gran responsabilidad para con él.
Resulta doloroso que gente que ni siquiera te conoce te hable sin respeto, te insulte, se burle de ti, te juzgue y te cuelgue etiquetas que no te definen en absoluto. Pero más duro es ver cómo personas que comparten tus ideas se dedican a apuñalar verbalmente a su oponente, sin darse cuenta de que al hacerlo no solo se desacreditan a sí mismos, sino que contagian ese desprestigio a todos cuantos defendemos esas mismas ideas. Y así, el odio crece cada vez más, por medio de un circuito que no deja de retroalimentarse.Por eso quiero dirigirme especialmente a los que, como yo, sois pro-vida: ¿qué sentido tiene odiar a los que no piensan como nosotros? ¿De qué sirve llamarles pro-muerte o feminazis? ¿Con qué derecho exhortamos a las mujeres a mantener las piernas cerradas? ¿Es que de ese modo lograremos que reconsideren sus ideas? No lo creo. Más bien al contrario, solo conseguiremos reafirmarlos en su posición. Porque el odio es violencia, la violencia genera miedo y ante el miedo solo tienen cabida dos reacciones: huir o atacar. Y de este modo el odio se propaga y se perpetua.
¿Y todo por qué? No somos tan diferentes al fin y al cabo. Estoy convencida de que si pudiésemos dejar a un lado nuestras discrepancias nos sorprenderíamos de lo mucho que tenemos en común. Todos perseguimos la justicia, solo que cada uno la ve de un modo distinto. Entre todos, si somos capaces de escucharnos y comprendemos los unos a los otros, aunque no lleguemos a estar totalmente de acuerdo, puede que lleguemos a entrever su verdadera forma.
No debemos hacer de esto una guerra, porque el motor de las guerras es el odio y el nuestro debe ser lo opuesto al odio, es decir, el amor.


